domingo, 2 de junio de 2013

Día 4. En el Cabo de la Vela

No bien nos sentamos, buscando un poco de descanso para tan agotador viaje, nos ofrecen las mochilas, manillas y demás tejidos típicos de los Wayuus…



El lugar escogido, por lo que vimos, la mejor opción que se pueda conseguir, “Hotel y restaurante El Caracol”, un lugar sobre la playa muy bonito, ordenado y económico, por el que pagamos por una habitación  grande para los 3, $75.000 ($37 USD), con energía eléctrica entre las 6:00 p.m. y 6 a.m. para los ventiladores (tiene aire acondicionado, pero el precio se incrementa).




En este lugar, nos recibe “Maturana” un Barranquillero muy buena gente, excéntrico, pero atento, servicial y definitivamente todo un personaje…

Nos ofrecen Pargo rojo (entre $15.000 y $18.000 según el tamaño (entre USD $7 y $9)), Mojarra ($12.000 (USD$6)) y Langosta ($40.000 (USD$ 20)).



Como siempre en la Guajira, comida muy fresca y deliciosa.

Después de esto, desmontamos el equipaje y nos acomodamos:




Y claro, después de acomodarnos, a disfrutar de la playa…

Bueno, no sin antes comprar algunas manillas.


Este sitio es sencillamente fabuloso, no se dejen llevar por la primera impresión, es cierto que el camino desalienta hasta al más optimista, que la entrada del pueblo no es prometedora y  por supuesto el pueblo mismo no es precisamente el más bonito a la vista, pero una vez que se ve la playa, todo eso queda atrás..

Es una playa absolutamente maravillosa, de aguas muy tranquilas, casi inmóviles, con relucientes colores de muchas tonalidades y una ligera brisa, además pasan las mujeres y niños Wayuus, hablando en su dialecto nativo, y por fortuna para nosotros, por la época del viaje, hay muy pocos turistas, y como ocurre durante todo el año, la mayoría de ellos, extranjeros.


La tranquilidad y paz del lugar es incomparable, de inmediato cruza por nuestras mentes pasar el resto de nuestras vidas en un paraíso como este, de abandonarlo todo para adoptar una nueva vida, una vida sencilla, como dice la canción, “alejado del bullicio y de la falsa sociedad…”, y que mejor que un lugar que de inmediato cautiva, la primera vista de este lugar hace que una parte de nuestro ser quiera pertenecer a este sitio, sin saber el porqué, sentimos la razón por la cual es un sitio sagrado para los Wayuus, la sensación de grandeza, la energía, la mística en el aire… no sé cómo explicarlo, sencillamente puedo decir, este es un lugar realmente fantástico, y espero que cada persona que lea este relato, tenga la posibilidad de conocerlo y sentir como te atrapa, te transforma, mueve tu mundo y definitivamente no vuelves a ser el mismo después de vivirlo…













Después de pasar un rato en las tranquilas aguas, y de dedicar un rato a tomar algunas fotos, es hora de intentar pescar.

Esto es algo que nunca he hecho, pero tengo la esperanza de lograrlo, no cuento con caña ni carnada, solo unos cuantos anzuelos y dos carretes de nylon.

Tomo una botella que me servirá como flotador y lanzo el nylon con un anzuelo de colores que parece una mosca lo más lejos que puedo (lo que es unos 8 o 10 metros) y me lleno de paciencia y espero…

Después de más de media hora, veo que esto no está dando resultado, no sé si me estoy apresurando, si me falta paciencia, pero lo que sí sé, o bueno, lo que no se es pescar, vamos a preguntarle al experto, por lo que le pregunto a Maturana.

Este pescador experto, me trata enseñar una técnica interesante… en su primer lanzamiento, manda el anzuelo a casi 70 metros, hasta acabar el carrete…

Espero un rato, con mucha paciencia, pero nada cae... recojo el sedal, y me pongo a practicar mi lanzamiento..

Después de 3 horas, cerca de la 1 de la mañana, ya puedo enviarlo a casi 40 metros… pero… creo que me disloque el hombre…

Próxima entrada: Día 5. De relax en el Cabo de la Vela

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