Bueno, hora
de emprender nuestro camino de regreso, hasta el momento han sido, según mi
odómetro, 1347 Km, el objetivo del día es llegar a Dibulla, dejar atrás la alta
Guajira, y emprender un camino aún más largo, no por la distancia que vamos a
recorrer, sino por todo lo que dejamos atrás, una tierra fantástica, unos
paisajes asombrosos, una parte de nuestro ser se queda en este paraíso… de otro
lado, cuando se está de regreso, existe esa ansiedad por llegar, está el
cansancio acumulado, está el peso del viaje… bueno, la verdad es que no me
quiero devolver.
Gracias a
nuestro amigo Maturana, conseguimos un guía que nos va a llevar por un atajo a
través de un salar, una extensa zona desértica que en invierno se inunda
haciendo imposible transitarla, por lo que corremos con suerte, puesto que en
pocas semanas, se espera el inicio de las lluvias.
Después de empacar, de limpiar las cadenas de
nuestras motos, de lubricarlas, y de echar una última miradita a esas playas
tranquilas, arrancamos, no bien salimos, nuestro guía demuestra su pericia
manejando sobre la arena y nos saca ventaja. Rápidamente nos alejamos del
pueblo, siguiendo un camino de tierra, a los lados alguna vegetación muy
dispersa, pero al menos algo verde, a nuestra izquierda , a lo lejos una
montañas, tras lo que vemos podemos ver
la imponencia del desierto, no hay nada hacia ningún lado.
Recorrimos
tal vez unos 30 minutos, en los cuales no se veía nada, muy al fondo se veían
algunas figuras, que tal vez fueran solo espejismos, de repente, y en medio de
este desolado, pero hermoso lugar, nuestro guía se detuvo, nos bajamos de
nuestras motos a descansar y para contemplar la inmensidad del desierto.
De repente,
en medio de la nada, dos visitantes inesperados:
Dos niños,
tal vez entre 8 y 11 años, algo realmente sorprendente,
Bueno, aquí
estoy yo, en medio del desierto, pero muy feliz y satisfecho, de que Dios me
permitiera conocer estos lugares, de que mi “negrita” me trajera a este destino
tan exótico, de tener compañeros moteros compartiendo esta experiencia, y en
este momento, de poder compartir con ustedes este relato….
Continuamos
nuestro camino, y en un punto en medio de la nada, sin previo aviso, sin señas,
imperceptible para el foráneo, nuestro guía hizo un giro a la izquierda, el
cual obviamente nos dejó sorprendidos, pues todo el camino había sido en línea
recta.
Algunos
minutos después, aún en el enorme desierto, pero ya cerca de su fin, vemos unas
vacas siguiendo un camino imaginario… este lugar no para de darnos sorpresas…
Luego del
encuentro con las vacas, llegamos a un curioso bosque, un bosque de cactus.
Una vez
atravesado este bosque, en el cual tuvimos que pasar un par de riachuelos
secos, llegamos a una ranchería, justo al borde de una carretera, la vía hacia
Uribía, habíamos hecho un verdadero atajo, ahorrando tal vez 2 horas de camino.
Todo esto se
lo debemos al señor Jorge Berniel, nuestro guía, que en su Boxer CT-100 nos
hizo comer el polvo en el desierto, mostrando su pericia como motero, además de
ser muy buena gente y atento, un gran guía.
Su número de
celular es 3145068568, y por supuesto, no podíamos despedirnos sin tomarnos una
foto con el.
El punto en
el que salimos se llama Cartizal, y deben ser cuidadosos, ya que el camino NO
es recomendable ser tomado sin conocerlo, recurran a un guía, puesto que es muy
fácil perderse, y a pesar de su apariencia, en la mayor parte de este desierto,
el terreno no es estable y los vehículos (incluyendo las 4x4) se entierran y
estancan, y es realmente difícil salir de allí.
De este punto
a Uribía, gastamos cerca de una hora, y finalmente, dejamos atrás los caminos
de tierra… o por lo menos en la Guajira.
En Uribía,
descansamos, nos rehidratamos y por supuesto, tanqueamos.
Una vez
re-abastecidos, nuestro destino es Riohacha.
Nuestra
parada aquí no es circunstancial, aparte de almorzar, la idea es pagar un parte
que me impusieron el primer día de viaje, y el cual pretendí pagar dentro de
los 5 días, para obtener el descuento del 50% otorgado por la ley, sin embargo,
fue imposible hacerlo, pues me mandaron de una oficina a otra, pague e hice el
curso, pero no me recibieron el pago, porque este no había sido reportado,
incluso, al llegar a Bogotá, tampoco lo pude pagar, porque ellos nunca lo
reportaron, ni reportaron el curso y se perdió ese dinero y ese tiempo.
Mi
recomendación principal, es seguir estrictamente las normas de tránsito, pues
si querer excusarme, cometí una infracción, que no debió ser…
En caso de
que sean multados, esperen llegar a Bogotá, o a su ciudad de origen, y hagan
todas las vueltas necesarias en un lugar que conozcan pues en otros sitios, por
el afán, por las ganas de continuar el viaje y por simplemente ser foráneos,
pueden perder tiempo y dinero y no solucionar, como me pasó a mí.
Después del
intento fallido de pagar la infracción, llegamos a Dibulla a un pequeño, pero
muy cómodo hotel, recomendado y de precios muy asequibles.
Esta fue la
ruta recorrida, disponible en formato KML:
Próxima
entrada: Día 7, El camino de regreso, Dibulla – San Alberto
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