Debido a lo
difícil del camino, habíamos tomado la dolorosa decisión de no continuar hasta
Punta Gallinas, es mejor decir no a tiempo, entender nuestras limitaciones, y
no arriesgarnos más de la cuenta… Por otro lado, un día más en este paraíso,
será una excelente recompensa para este largo viaje, además de permitirnos
descansar y retomar energías, nos permitirá hacer alguna actividad diferente
antes de emprender el camino de regreso.
Lo primero
que hago al levantarme es ver cómo está el único fruto de la pesca de la noche
anterior…
Bueno, si a
esto se le puede llamar pesca
Un cangrejo
ermitaño… o bueno, eso creo…
Lo conservé
con la única intención de sacar una buena foto en la mañana…
Lo cual hago,
y seguidamente, por supuesto lo libero, claro, no sin recibir el regaño de
Maturana, quien me dice que estos cangrejos son una excelente carnada… pero les
confieso, no podría haberlo sacrificado…
Después de
dejar mi conciencia tranquila después de liberar el cangrejo, es hora de algo
más.
Conseguimos 3
chalecos salvavidas, y nos aventuramos mar adentro en búsqueda de las
“piedras”, un sitio del que nos habló Maturana, que no está muy lejos de la
costa, en donde, según él, podremos ver muchos peces e incluso agarrar alguna
buena langosta.
Los primeros
150 o 200 metros de mar, se caminan, lo que es bastante, pero no tanto para
nosotros, así es que seguimos, pero ya nadando.
Comienzo a
quedarme, y escucho de mis compañeros de viaje algo que es también mi propia
impresión, el oleaje, aunque muy sutil, no nos permite avanzar, parece que
nuestro esfuerzo no da resultado y en vez de alejarnos de la playa en nuestro
camino hacia las piedras, el mar nos insta a volver a nuestro elemento, la
tierra firme.
No nos rendimos, hacemos un esfuerzo y debemos
continuar…. Seguimos por un buen rato, pero no encontramos la piedra, pero cada
vez que volteamos a mirar hacia la costa, parece que todo está a la misma
distancia, lo cual es bastante decepcionante.
De repente,
vemos como se acerca una lancha, a la cual de inmediato hacemos señas y quienes
vienen a nuestro encuentro.
“Señor,
buenos días, estamos buscando las piedras, ¿nos puede decir si aún nos falta
mucho?” Fue nuestra pregunta
“Cuanto hace
que la pasaron, les toca devolverse como 500 metros…”, “no deberían estar tan
adentro del mar”, no insto uno de los pescadores, “esta parte ya es muy
peligrosa”
No se
imaginan la cara que hicimos, seguido de lo cual, una pequeña petición: “¿nos
pueden acercar hasta la piedra?”
“Estamos de
afán, vamos a nuestra faena de pesca, pero no los podemos dejar aquí súbanse y
los llevamos”
Qué alivio,
una bendición estos señores. Nos acercaron a la costa, lo que a mi parecer
fueron más de 500 metros, podría llegar a decir que fue casi un kilómetro, y
para sorpresa nuestra, el oleaje nos estaba alejando de la costa, todo lo
contrario a nuestro parecer.
Saltamos de
la canoa, no sin antes agradecer profundamente y pedirles que a su regreso nos
buscaran en “el caracol”.
Comenzamos a
buscar las piedras, y las encontramos. Estas no eran como no las habían
descrito, grandes y en la que podríamos estar de pie… más bien eran pequeñas,
puntiagudas y con esfuerzo podíamos mantenernos cerca. De repente, Paul, lanza
una especie de gruñido, a lo cual preguntamos “¿Qué pasó?” y la repuesta fue:
“algo me picó, me voy para la orilla”
Al parecer,
fue víctima de la temible “agua-mala”. Nosotros mientras, tratamos de descansar
un rato, de “caretear” y bueno, de regreso a la costa.
No bien llegamos
a la playa, Paul ya estaba de vuelta en el mar, lo cual fue un tremendo alivio,
pero yo quería descansar, me estaba comenzando a sentir muy mal, creo que
estaba intoxicado…
Después de
dormir un rato, llega uno de los pescadores que nos ayudaron en el mar, y trae
consigo 2 tremendas langostas, las cuales me ofrece muy gentilmente por tan
solo $10.000 (USD $5). Desafortunadamente para mí, estoy tremendamente
intoxicado, a pesar de las ganas de comer langosta, no puedo pensar en comida,
Paul está en el mar y Saúl no está cerca, por lo que no compro las langostas
(algo de lo cual me arrepentí el resto del viaje… y aún, ahora)
Después de un rato,
vamos a echar una ojeada al pueblo,
Siempre hay
tiempo para la generosidad, y como siempre, Saúl, desborda de ella…
La cara de
felicidad de los niños a quienes pudimos brindar un pequeño dulce, es algo
maravilloso, sé que no es gran cosa, ni siquiera sé si está bien hacerlo, pero
por un momento fuimos parte de algo que trajo felicidad...
El niño del
fondo la foto, corrió por casi todo el pueblo, siguiéndonos, pero no para
pedirnos dulces, o bueno, sí, pero además, por cada lugar que pasábamos,
llamaba a los niños que estaban cerca, para que saliera por el suyo…
No fueron
muchos dulces, pero si fueron muchas sonrisas…
Desafortunadamente
el tiempo es corto, y este lugar es muy grande y lleno de sorpresas, hay mil
planes para realizar, y en estas cortas líneas, solo puedo tratar de describir
algunas de ellas, pero les dejo este anuncio, no los conocimos, no los
contactamos, pero les puede ser útil, si desean venir y disfrutar de todo lo
que este maravilloso lugar tiene para ofrecer…
Bueno,
seguimos nuestra pequeña vuelta por el pueblo…
Llegamos nuevamente
al hotel, y nos encontramos con dos nuevos huéspedes, con quien de inmediato
hacemos conversación, y como ocurre miles de veces en nuestro país, damos con
un extranjero (Norte Americano) quien lleva varias semanas conociendo los
rincones de nuestro país, y como ocurre también miles de veces, conoce y valora
incluso más a nuestro país, de lo que muchos de nosotros lo hacemos.
Compartimos
un rato de experiencias, y le sugerimos un par de lugares, que después de ver
las fotos, no dudan en agendar para su viaje por la Guajira.
Llega la
puesta de sol, pero una forma extraña, parece muy diferente al día anterior.
Esta va a ser nuestra última noche aquí, hemos de disfrutarla…
Próxima
entrada: Día 6: El camino de regreso, Cabo de la Vela - Dibulla
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